otro día más
27.Marzo.2008
Amanece temprano, como cada miércoles.
Suena puntual, despertándome con su aburrida melodía. Maldigo a un par de ex-dictadores y me cago en un par de putas inocentes. Sin deshacerme de esas cuatro legañas matinales miro el móvil, ese amigo a destiempo. Busco una frase que me dé los buenos días. No hay nada, pero me engaño pensando que miraba la hora.
Me despierto y como un autómata me dirijo directamente hacia la ducha, con lo puesto, y enciendo el grifo del agua caliente. Mientras, busco en el armario algo con lo que vestirme a la vez que pienso: “Oh, Dios…he de renovar mi vestuario”. Pero soy consciente de que no será ni hoy ni mañana. El sábado quizá, pienso. También sé que no será éste y, probablemente, tampoco el próximo.
Son las 6:54 cuando noto el agua caer por mi cabeza y es justamente en ese momento en el que empieza mi día. Las cuatro neuronas parecen despertarse de golpe, cabreadas y sin opción para hacerse las remolonas. Los dos primeros minutos estoy inmóvil e intento dejar la mente en blanco, consiguiendo obtener la falsa sensación de poder parar el tiempo por instantes, olvidando la rutina que se acerca, notando el agua resbalar por mi cuerpo, sólo eso. Ese efímero momento dura tanto como el primer aleteo de una mariposa tras haber completado una metamorfosis exitosa. Probablemente sea el mejor momento del día, de ahí que recuerde el minuto concreto.
Una vez salgo de la ducha me disfrazo con la ropa previamente seleccionada, miro al espejo y sonrío al pensar: “vamos a engañar al mundo otro día más”.
Salgo puntual - es decir, seis minutos tarde - y me dirijo con pasos firmes y ligeros hacia el quiosco de la plaza. Compro el diario, le doy las gracias a Juan y nos despedimos con el ya habitual: - “¡nos vemos mañana, Jaume!” – “¡Si Dios no lo remedia!” - respondo sonriente.
“¡Mañana salgo dos minutos antes!”, me prometo inocentemente mientras me toca correr los últimos cincuenta metros antes de llegar a la estación para no perder el tren. En el trayecto hacia el trabajo me esperan 7 estaciones de por medio y muchas caras sin nombre y apellidos con diferentes destinos pero similares ojeras. Acostumbrado, me limito a leer la actualidad en el periódico. Paradójicamente, también me son familiares las noticias del día, ya que el mundo sigue sin ponerse de acuerdo un día más. Una vez llega el tren a mi destino, me levanto y frunciendo el ceño - para no desentonar con los demás – continúo con mi trayecto hasta llegar al edificio marrón de dudosa belleza que me espera impaciente cada mañana.
Me esperan ocho horas de informes y llamadas junto con prisas y malas caras. Y poco, muy poco más.
Salgo de las oficinas con un ligero dolor de cabeza. Fuera ya es de noche y noto el aire frío en la cara. Camino varias calles dirección a la estación. Espero ocho minutos en el andén número tres reflexionando, sin obtener ninguna conclusión aparente, sobre qué llave debería utilizar para poder desencadenar toda una serie de cambios en mi vida.
Vuelvo a realizar el mismo trayecto pero en sentido contrario. Esta vez con la cabeza apoyada en el cristal y con la mirada fija hacia el infinito. Sólo aparto la cabeza del cristal en un par de ocasiones: la primera para fijarme detenidamente en la pantalla del móvil; la segunda, un par de minutos más tarde, para asegurarme de que había observado correctamente y que no aparecía ninguna novedad en él.
Una vez en casa me deshago de la corbata y de los zapatos y me visto con ese desgastado a la vez que cómodo pijama gris de rayas claras.”Esto es otra cosa” – parecen agradecerme amablemente mis pies.
Tras una cena más rápida que nutritiva termino tirado en el sofá, observando ese canal que tan poco me gusta pero que termino poniendo una vez más. Decido irme a dormir antes de hora. En la televisión, por curioso que parezca, éste miércoles tampoco dan nada interesante.
En la habitación me acerco al tablón de corcho donde cuelgan mis recuerdos y trazo una cruz roja en éste 26 de marzo, enviando el día en mi calendario particular al pasado más próximo.
Me meto en la cama, suspiro, miro el móvil y sigue sin haber nada. Esta vez no me engaño. Acaricio el espacio vacío que hay a mi izquierda en la cama y es en ese momento en el que me siento un poco más solo. Cojo la libreta que guardo en el cajón de la mesita y me limito a escribir en su última hoja vacía: “Monotonía creo que era su nombre. Maldita su adjetivo.” Cierro la libreta casi a la vez que cierro los ojos.
Y entonces es cuando empieza otro día: el de la esperanza y las ilusiones, el de los gritos y saltos, el de las aventuras y desventuras. Entonces empieza el día de los sueños, mi otro día.
Como cada miércoles.
hay días y “días”
23.Marzo.2008
hay días en los que alguien te coge la mano y tira de ti.
hay “días” en los que gritas fuerte pero nadie parece escucharte.
hay días en los que te regalan una sonrisa sin motivo aparente.
hay “días” en los que recoges un saco de falsas esperanzas.
hay días en los que agradeces las pequeñas casualidades.
hay “días” en los que aparece haberte abandonado la suerte.
hay días que desearías poder detener el tiempo.
hay “días” en los que no deberías haber salido de la cama.
hay días en los que vives.
hay “días” en los que recuerdas.
hay días y “días”
empezando…
23.Marzo.2008
por el principio.
En una noche de marzo en el que uno no tiene gran cosa a hacer…